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sábado, 4 de junio de 2016

EL RETORNO DE MC MAKHARRA TERCERA PARTE. CAPÍTULO SEXTO.

EL RETORNO DE MC MAKHARRA.
TERCERA PARTE.
CAPÍTULO SEXTO.


                           
                                               "La imagen soñada"

El espíritu inquieto del pequeño Mc, que ya iba recitando latines con mucho desparpajo, para asombro del párroco, y no menos del maestro, cuyo hijo tampoco se quedaba atrás, aún no se había rebelado contra la monotonía, la rutina, y ese “hoy como ayer, ayer como mañana”, del que bastantes parecen gustar, sobre todo a ciertas edades…
Mc, no había cruzado esa línea, todavía no, que separa de una vez por todas, el amable y acolchado siempre, de la deseada, pero incierta e incómoda novedad. Alguna vez, en sus solitarias correrías por la llanura, se preguntó cómo sería su mundo, al cabo de diez años, o, tan sólo de siete, o de cinco. Aunque, un secreto temor, un inexplicable pánico, un recelo íntimo, le obligaban a desistir, y, se replegaba, como un caracol en su concha.
Simplemente, se aferraba a su pequeño universo, de forma inconsciente, pero con toda la fuerza de la que era capaz. Alguna vez, hojeando esas revistas, que su madre compraba muy de tarde en tarde, y que intercambiaba con sus vecinas, se había detenido en la contemplación de un bello rostro, sintiendo, algo así como una cálida efervescencia interior, que lo estremecía de la cabeza a los pies. Luego, se avergonzaba, y, con la cabeza gacha, se sentaba junto al párroco, deseando fervientemente, contarle lo que le sucedía…
Mas nunca lo logró.
Sucedió así, que las chiquillas con las que él y su amigo el “maestrillo”, jugaban, hablaban e intercambiaban algún que otro inocente beso furtivo, dejaron de gustarle. En un antiguo atlas, iba guardando rostros de revistas… Lo ocultaba en su cuarto. Descubrió un hueco, tras la estantería de sus libros, y allí escondió aquel “tesoro”. No quiso saber nunca, ni sus nombres ni nada de sus vidas. Para él, sólo eran dulces rasgos femeninos, con los que, en la soledad de la noche, cuando sus padres dormían, podía imaginar conversaciones susurradas, y la esperanza de que aparecieran en sus visiones oníricas…
Rostros, sólo rostros… Sonrientes, dulces, melancólicos… En alguna ocasión, si en una de ellas, descubría algo que le desagradaba, destrozaba la página, y, disimuladamente, arrojaba los fragmentos a la estufa, o al ardiente resplandor de la fragua, donde se consumían en cuestión de pocos segundos.
Lo peor para un casi adolescente, es la soledad, esa soledad acompañada de falta de comunicación, que en aquellos años, según rememoraría Mc, fue terrible y dolorosa. El cariño de sus padres, mitigaba esa penosa situación. Pero ya sabía, que, entre ellos y él, se elevaba un grueso muro, imposible de salvar, por el momento.
Mc, alguna vez, pues su memoria es prodigiosa, se pregunta cómo pudo salvar completo, aquel tercero de bachiller, y con las mismas buenas notas de siempre. Tenia, así, todo el verano por delante… Pero, en esta ocasión, sentía que en su interior, una oquedad, un vacío extraño, iba creciendo, lenta y constantemente, conforme pasaban los días…
Necesitaba dormir, y dormía hasta que su madre, cariñosamente, conseguía que se levantara, y se fuera a dar una vuelta con el “maestrillo”.
-Este chico…, decía el herrero, su padre, tiene que estar muy cansado… ¿No te parece…? Por eso duerme tantas horas…
En realidad, Mc se entregaba al sueño, como forma de huir de sí mismo…
Ya no le satisfacían los rostros de las revistas, porque, poco a poco, se iba formando la imagen de un rostro ideal, incomparable, sublime, que le sonreía en sus momentos de soledad, que le acompañaba a todas partes.
En los atardeceres, él y su amigo, jugaban a encontrar figuras en las nubes pasajeras, aunque Mc, deseaba que aquellos errantes vapores, se condensaran, aunque fuera un brevísimo instante, dando forma a la adorable cabeza de su amada imaginaria…, que, para él, era real, muy real...
Sacó, por ultima vez, ese viejo atlas, del ingenuo y casual escondite, y destruyó, sin mirarlas, todas las páginas de revistas, pues temía que esos rostros, pudieran distorsionar la nueva y única imagen, para la que ningún soporte físico era suficiente.
Se llenó los bolsillos con aquellos minúsculos fragmentos de papel, innecesarios ya, y, alejándose del pueblo, los fue arrojando al aire, para ver cómo el agradable viento de junio, jugaba con ellos y los dispersaba por los campos…
Y esa noche, asomado a su ventana, mientras escuchaba el eterno canto de los grillos y los gritos de algún ave nocturna, que cruzaba, apresurada, sonrió…
¡Tenía todo el verano por delante, y debía disfrutarlo plenamente…!
Porque…, ¡el tiempo pasa tan rápido…!


(Archivo: cuevadelcoco).










viernes, 13 de mayo de 2016

EL RETORNO DE MC MAKHARRA. TERCERA PARTE. CAPÍTULO QUINTO.


"La llanura".
Dibujo acuarelado
de Mc Makharra.

En 1964, la Compañia de Obras, comenzó a allanar unos terrenos, que había adquirido a precio razonable, a cierto comerciante de la pequeña ciudad fronteriza, quien no sabía qué utilidad darles. 
El comerciante de tejidos, que andaba ya en una edad próxima a la jubilación, al verse con un buen dinero en las manos, y con pocas ganas de continuar vendiendo camisas y otras prendas para caballero, dejó el negocio en manos de una sobrina, que siempre fue buena con él, y, cruzando la frontera, se fue a vivir cerca de Bayona, en una casita con jardín, tal como siempre deseó hacer.
Enviudó diez años atrás, y, como amaba a su esposa, pronto, las paredes se le vinieron encima, como se suele decir, y el comercio, se convirtió en una rutina sin sentido, de tal modo, que, antes de caer en una depresión sin salida, y por consejo de un amigo médico, actuó deprisa, puso todos sus papeles en orden, y, una mañana, desapareció.
Hablo de este personaje, porque su vida se cruzaría pocos años después, con la de Mc, para bien de los dos.
Mientras, en Leoria, la Compañía continuaba con las obras de lo que serían las viviendas de sus trabajadores. 
Y, como ya comenzaba a ponerse en práctica la "prefabricación", ese verano, se instalaron las primeras familias, y, antes de fin de año, incluso los solteros se vieron instalados, muy a pesar de los alojadores de la ciudad, que se vieron privados, no del todo, pero si de una parte de sus ganancias.
Cierta tarde de otoño, de ese mismo año, el P. Severiano Duzcurru, cuyo origen vasco era innegable, tanto por el apellido como por su imponente constitución, paseaba con D. Higinio Barrado, funcionario de comunicaciones, vulgo, Correos y Telégrafos, aprovechando que los jueves sólo había clase por la mañana, y ese mes de septiembre se mostraba hermoso y dorado, y las temperaturas eran casi veraniegas.
Al anochecer, un agradable vientecillo fresco, invitaba a dar una vuelta, y, así, los leorianos, disfrutaban de un tiempo suave, que ya llegarían los fríos...
El caso es, que llegaron a lo que se conocía como "paseo del mediodía", desde donde se divisaban claramente, las casitas de los operarios de la Compañía.
- Mire usted, Padre, decía D. Higinio, no son buenas gentes..., no lo son... El otro día, con D. Juan de Broto, y D. Federico Iguacel, que tambien, como usted ya sabe, forman, junto con éste su servidor, y unos pocos más, la junta de la Institución de Caridad, fuimos a hacer una visita a esas familias..., y, en cuanto nos presentamos, nos echaron con cajas destempladas, que ellos no necesitaban ayuda de nadie, que para eso estaba la Compañía, que pagaba bien, y que, si lo que queríamos era fisgar en sus vidas, que nos fuéramos de allí con viento fresco..., y que no se nos ocurriera volver...
El Padre Severiano, que siempre escuchaba, pero rara vez opinaba, sólo arguyó que acaso se hubieran precipitado con esa visita...
- Padre, pensabamos en sus almas..., porque...¿estarán casados todos ellos...? ¿Cumplirán con los preceptos de la Iglesia...? ¡A saber en qué estado de descuido espiritual vivirán esas gentes...!
El Padre Duzcurru, recurrió a su salida habitual, cuando las circunstancias lo obligaban a ello: Se llevó la mano al bolsillo de la sotana donde guardaba el pañuelo, sacó esté, lo desdobló a medias, y, colocándoselo ante la boca, tosió ligeramente, disculpándose luego.
Con lo que Don Higinio, se quedó sin respuesta.
- Dicen, continuó el funcionario, que sólo se han dignado recibir al párroco, y muy bien, además..., claro, que, D. Cándido huele a buena persona a la legua..., mejorando lo presente... Y, además, ya sabe usted, que tiene cierta fama de santo...
Sonrió el Padre Duzcurru, que terminaba de plegar su pañuelo con todo cuidado, volviéndolo a su lugar de origen.
- Estas gentes del sur... No sé..., añadió D. Higinio.
Y allí, se quedaron un buen rato, en silencio, contemplando el ir y venir de niños y grandes, en aquella ciudad prefabricada, que, para unos, era motivo de desprecio, para otros, de indiferencia, y, para la mayoría, de curiosidad.
Entre "las gentes del sur", se encontraba Fernando Mérida, con su familia. Jefe del equipo de dinamitadores, conducía, además, un pesado camión, y gozaba de la estima y el respeto de toda la comunidad, no sólo por su peligroso trabajo, sino, también, por haber demostrado, y seguía demostrando, que las vidas de los hombres a su cargo, eran lo más importante para él, tanto como su familia. 
Pero aún no es tiempo de hablar de los Mérida.
De los que hay bastante que contar...











(Archivo: cuevadelcoco).
















lunes, 9 de mayo de 2016

EL RETORNO DE MC MAKHARRA. TERCERA PARTE. CAPÍTULO CUARTO.




EL RETORNO DE MC MAKHARRA.
TERCERA PARTE.
CAPÍTULO CUARTO.

Disfrutaba Mc de una "Mahou" ( como en Madrid, no saben en ninguna parte...), y unas chips recién hechas, crujientes y con ese apetitoso aroma, que no se da en las de bolsa,
por mucho que las quieran adornar, sentado en un rincón discreto de la terraza donde solía acomodarse, para echar una ojeada al periódico, ver pasar la gente, y dedicar algún admirativo "repaso" a alguna chavala que mereciese la pena...

Siempre con discreción, y como quien no quiere la cosa, ni le da más importancia...

Así, la tarde madrileña, iba cayendo lentamente...

Mc, sin darse cuenta, fijó su mirada en un rostro, y se quedó pálido y descompuesto.

!Era ella, su niña, su chiquilla, el único amor de su vida!

Hacía falta mucho para que Mc perdiera los estribos, pero, aquella aparición, era demasiado para él... Como surgida de las profundidades del tiempo, ella había regresado, precisamente esa tarde, en la que se sentía a salvo de casi todo... Ironías de la vida... Y cuando se perdió entre la multitud, y sin que pudiera reaccionar, sintió como si su corazón se deshiciera, como la nieve se funde en las manos,,,,

Se sintió tan solo, tan desolado, que sus ojos se empañaron, y, a punto estuvo de que alguna lágrima indiscreta, rodara por sus mejillas. Miro a su alrededor, avergonzado, pero nadie parecía haberse dado cuenta...

Le temblaban las piernas. Apuró la cerveza, y al pasar el camarero, le pidió una ginebra sola, y sin hielo. Fue tomándola despacio, notando que iba recuperando fuerzas, pero la fría soledad que lo envolvía, tardó un buen rato en desaparecer...

¿Por qué aquella dulce e hiriente aparición fantasmal, había pasado ante él, en aquella tarde, suavemente perfumada, para conmoverlo hasta los cimientos, para sacudir, como un violento seísmo del alma, toda su firme arquitectura corporal...?

Luego, más tranquilo, y capaz de razonar, fue asimilando la realidad de nuevo.

Ella, su adorada muchachita, hace tiempo que dormía un sueño sin retorno. Las oscuras nubes de su memoria, se retiraron, y la calma volvió.

Al fin, sintiéndose más seguro, pidió la cuenta, y, puesto en pie, se mezcló entre la gente, caminando sin rumbo definido, hasta que, para su sorpresa, cayó en la cuenta de que, inconscientemente, se dirigía a casa de Sara.

A la mañana siguiente, Mc, despertó con la mente embotada, pero no tanto como para no recordar una suave y tibia piel, unas frases susurradas dulcemente en la penumbra, y la gozosa sensación de que sus fantasmas se habían evaporado...











(Archivo: cuevadelcoco).








lunes, 18 de abril de 2016

EL RETORNO DE MC MAKHARRA. TERCERA PARTE. CAPÍTULO III.




Había llegado la primavera...

Mc, esa tarde, que alternaba nubes y claros, y algún breve chaparrón, salió de la agencia antes de tiempo, porque ya le era imposible permanecer quieto en su despacho. Sara tampoco estaba.

Tenia que hacer algunas visitas, a clientes y a posibles clientes, y, tras despedirse de él, salió, para hacer frente a las citas anotadas en su agenda.

Al fin, Mc, ya no pudo más, y envuelto en su "hugoboss, waterproof", descendió las escaleras como una exhalación, y se plantó en la calle.

Era agradable el olor a humedad, y contemplar cómo los arboles iban verdeando, mientras se sumergía en ese barrio que le era tan familiar y querido... A un paso del Madrid tumultuoso, ruidoso, y de intrincada circulación a esas horas del atardecer..

Continuó caminando, y sus pensamientos se fueron muy lejos, en el tiempo y la distancia...

Algo así, como si el "puzzle" de ese día, se hubiese deshecho, para conformar, de forma magica e inexplicable, uno distinto, que representaba otra imagen, de años atrás.

Aquella lejana primavera, fue muy lluviosa. Lo que significaba no poder salir a vagabundear por los alrededores, con su amigo el "maestrllo". Largas horas de estudio, bien en un rincón del aula, que el maestro destinó para ellos, bien en la rectoría, con su olor caracteristico, a humedad, a rancio, y a incienso, entre otros.

Y una inexplicable inquietud, no exenta de impaciencia, como no sintiera antes. Hablo de ello con su amigo, y éste, confesó que le sucedía lo mismo.
- "!...quizás cuando deje de llover, se nos pase...!"

Mientras, el francés, las matemáticas, la lengua española..., iban haciendose sitio en sus cabezas todavía infantiles.

Junio se iba acercando...

Por fin, las nubes se fueron abriendo, dejó de llover, y aparecieron espacios azules, lentamente, al principal, hasta que una mañana, el sol fue dueño del valle.

Reanudaron las salidas, cuidando de no meterse por lugares embarrados, y todo pareció volver a lo que siempre había sido. Pero la inquietud, la impaciencia, el no poder "parar quietos", seguían allí... Cierta tarde, Mc se sorprendió contemplando el rostro de Lucía, de su misma edad, que antes fuera un rostro anónimo, pero, que, ahora, tenía algo diferente.

Para su sorpresa, el "maestrillo" le confió, en voz baja, y, como temiendo ser descubierto, que, de vez en cuando, se distraía, mientras pensaba en Raquel, la hija del señor Inocencio,
un labrador dueño de abundantes tierras, además de un repleto establo, que surtía de leche a todo el lugar, e, incluso "exportaban" a la capital.

¿Qué les estaba sucediendo...?

Simplemente, la naturaleza despertaba en ellos con la primavera...

A primeros de mayo, cuando las golondrinas y vencejos surcaban el aire velozmente, la madre de Mc se quedó mirando a su hijo, y, durante la cena, dijo, con su voz siempre serena y apacible:

"-Este año tienes que ir a los exámenes como un señorito... Ya vale de pantalones cortos..."

Su marido se quedó con la cucharada de sopa a medio camino, y Mc, no supo qué decir.

Y, mientras pasaban los días, los dos estudiantillos, tuvieron que apretar el ritmo, y añadir más tiempo al estudio. Pero, tanto Lucía como Raquel, aparecían a menudo entre las áridas
páginas de los textos...












(Archivo: cuevadelcoco).










































martes, 14 de julio de 2015

"EL RETORNO DE MC MAKHARRA", TERCERA PARTE. Capítulo I.

Bajo la llovizna de finales de marzo, cuando Madrid se dispone, por una parte, a salir de estampida, y por otra a participar en su Semana Santa, Mc, protegido por su "Hugo Boss" waterproof, y un sombrero elástico del mismo autor, recorría las calles, gozando de ese chirimiri, que él, consideraba tan grato y familiar, aunque al resto de la capital le supiese a cuerno quemado, (habría que decir mejor; a cuerno mojado.) Resbalaba la lluvia por el tejido impermeable, negro mate, sombrero a juego, claro, y aspiraba ese olor a humedad, sobre todo cuando se acercaba a los jardincillos o a algún ensanche de la vía pública, donde los árboles recibían, en sus caducifolios recién estrenados, la bendición del agua. Se sentía bien... Aunque necesitaba muy poco para sentirse bien... Había salido de "La Atlántida"sin dar explicaciones... Sara no había acudido aquella tarde, y pronto, su ausencia en el despacho contiguo, le produjo la consabida desazón. Así que decidió abandonar la agencia un par de horas antes. - No olviden cerrar bien..., y coloquen las alarmas..., dijo, dirigiéndose a todos, pero en particular a Pepa, quien, tras el casamiento de la anterior encargada, pasó a ocupar el rol de factótum y chica de confianza. No se fué sin echar una apreciativa mirada a Roxana, que, aunque llevaba ya unos años viviendo en Madrid, conservaba el gracioso acento de su añorada Cartagena. Mc, se dejó llevar, sin rumbo fijo... Y, mientras callejeaba, el puzzle (pronúnciese pasel), de aquél momento, se deshizo como si lo hubiera barrido un viento que pasara por mero capricho... Y, cuando el mismo viento recompuso el rompecabezas, Mc se halló caminando por un sendero solitario, pues, ya entonces, comenzaba a gustarle estar completamente solo, pensando o sin pensar en nada concreto, pero gozando de la grata sensación de no ser visto ni contemplado por nadie..., además del silencio, sólo interrumpido por esos sonidos naturales, que, en realidad, no lo cortan ni lo detienen, sino que lo realzan.
Y recuerdo, y cito, esos versos de Garcilaso, que bien podrían definir instantes así: "En el silencio, sólo se escuchaba, un susurro de abejas que sonaba..." ¡Bendito Garcilaso...! ¡Cuántas veces lo he releído, con acrecentado placer...! Mc, siguió caminando... Aún quedaba luz en la tarde, como para regresar sin que las sombras de finales de febrero se adueñaran del llano. Y allá, a unos veinte metros, a la vuelta de un recodo, estaba el "maestrillo", sentado en una piedra, ajeno a todo lo que no fueran sus preocupaciones... La pura imagen de la meditación... Mc, se llevó un sobresalto, y se agachó, rápido, para recoger dos o tres chinas redondas del camino, por si acaso, pues el "maestrillo" y él, en solitario..., ¡buenoooo...!, podía pasar de todo... Y no sucedió nada... Avergonzado, dejó caer las chinas disimuladamente, y se aproximó... -¿Qué haces aquí, tan solo...? Y el "maestrillo", lo contempló como si fuera la primera vez que lo viera, como si hubiera descendido de una nube... -Ya ves... Pensando... Mc, se sentó junto a él, en un piedra vecina, y no supo qué decir... -¿Te pasa algo...? -No, a mí no... Es que mi padre quiere que haga el Bachillerato, y que me examine de Ingreso en junio... -Y eso, ¿es difícil...? Tardó un rato el "maestrillo" en responder, y, cuando lo hizo, dio a Mc todo tipo de explicaciones... El hijo del herrero y la panadera, escuchaba absorto, como si estuviera oyendo un relato de algo muy lejano e inasequible... El caso es, que, regresaron al pueblo juntos, y se despidieron amigablemente...
Aquella noche, Mc, casi no pudo dormir...









(Archivo: cuevadelcoco).

martes, 22 de abril de 2014

EL RETORNO DE MC MAKHARRA. CAPÍTULO VI.

¡Madrid...!

Una calle céntrica, pero discreta.

Detrás de Sol.

Como muchas otras.

Una calle de apenas cien metros, y no muy ancha.

Peatonal desde hace ya algunos años...

(¡Ay, cómo echo de menos el callejear sin rumbo fijo, mientra cae la tarde y Madrid se ilumina...!)

No es difícil confundirla con otras, que, igual que ella, tienen un nombre con resonancias de antiguos oficios ya extinguidos.

Fachadas que evocan  al Madrid castizo, decimonónico, con puertas, balcones y ventanas de vieja factura. Los portales..., recias y dobles hojas, de madera oscurecida. Alguno, casi  recubierto de chapa metálica...; clavos de cabeza cuadrada, que semejan pequeñas pirámides, anclan la chapa a la madera. 

Y tiendas...

Fruterías, mercerías...

Tres tascas, dos a un lado de la calle, y una sola, al otro, ofrecen sabrosos picoteos... Son tascas de abolengo, y, a pesar de su apariencia, suele verse en ellas a personajes de la política, del espectáculo o de las letras... Gente famosa, vamos...

Y una vetusta librería, que, aunque de viejo, va mostrando las últimas novedades literarias. Y también la prensa, tanto nacional como extranjera. Además revistas para todos los gustos. ¡Hay que vivir...! Sus escaparates, apenas si se han remozado. La puerta de entrada, se abre con una manecilla de porcelana blanca y hierro ennegrecido.

Son edificios construídos con otra mentalidad. Con una visión del espacio, donde nunca se tuvo en cuenta esa especie de locura, que dieron en llamar racionalismo, y que tiende al máximo aprovechamiento de no se sabe qué... Así, un inmueble antiguo de cuatro plantas, alcanza la altura de uno actual, de seis o siete..., o más...

Junto a una puerta de hoja única, una placa de latón, grabada al ácido, dice, simplemente:

"LA ATLÁNTIDA.

SEGURIDAD Y VIGILANCIA.

PLANTA PRINCIPAL."

No informa sobre horarios de atención al público, ni ofrece ningún otro detalle. Se supone que ocupa una planta entera, ya que no indica ni derecha, ni izquierda, ni centro... Sus balcones, no muestran ningún anuncio de la agencia. Cortinas, que bien pueden ser de recio algodón, preservan el interior de la curiosidad de los vecinos que viven enfrente...  Como esta calle, puede haber muchas en Madrid, y también las habrá en otras capitales del interior... Seguramente...

El reloj, el mismo de ese rollo anual de las uvas, da los cuartos para las siete. Luego, las siete campanadas, que llegan un tanto amortiguadas, y que, en ocasiones, hay que estar atentos para escucharlas con claridad...

No hay nadie en las oficinas de "La Atlántida".

A las siete menos cuarto, han salido todos... Es un acuerdo sin palabras...

Nadie de los que allí trabajan, en horario de diez a siete, con una hora para tomar un bocado... Tiempo que siempre se prolonga... Pero nunca es motivo de llamadas de atención ni nada por el estilo...

Sara, impecable en su "sastre", y de pie, junto al balcón de su despacho, muestra una expresión triste y preocupada..., que nadie puede ver...

Es "su" hora.

Y todos los días, tras las cortinas, que sólo aparta lo justo,contempla el edificio vecino, fijando la mirada en un medio relieve situado entre dos balcones.

Un rostro enigmático, tallado en piedra grisácea, sobre un fondo de mármol negro mate. Y todo el conjunto, rodeado por una sencilla moldura ovalada. Debajo, una fecha: 1851.

Mc, cuando cayó en la cuenta de "ese tiempo" que Sara dedicaba a sus propios pensamientos, comenzó a salir a la calle con cualquier pretexto, al principio. Luego, sin decir nada...  Se tomaba una caña, compraba un diario...  Y regresaba al cabo de una hora...

Sara, que jamás dejaba escapar ni el más mínimo detalle , supo así que lo amaba, que era capaz de darlo todo por él.

Sara, sigue pensativa... Se acercan las Navidades... Y una sensación de dolorosa soledad, se apodera de ella...

¡Mc...! Imprevisible... A punto estuvo de correr a su encuentro, de plantarse en el pueblo, pero no lo hizo.

Ha pasado una hora... El reloj, da los cuartos para las ocho. Luego, las ocho campanadas.

Y entonces, como si de un milagro se tratara, oye unos pasos familiares en la escalera, la puerta se abre..., y siente que el corazón se le dispara..., que le tiembla todo el cuerpo..., que se le humedecen los ojos de pura alegría...

¡Mc ha vuelto!.









(Archivo: cuevadelcoco).




miércoles, 2 de abril de 2014

EL RETORNO DE MC MAKHARRA... Capítulo V

Faltaban unos cinco días para la Navidad.
Una densa niebla había cubierto la llanura.
No se distinguía nada más allá de un brazo estirado, y, aun así, en ocasiones, no era posible contemplar con claridad las puntas de los dedos.
Y, cuando de mañana, la señora Esperanza, que había enviudado años atrás, y su hija, a la que había sacado adelante a fuerza de puro deslome, se acercaron para abrir la panadería, que Mc les había dejado en arriendo, hallaron las llaves de la casa, junto con una nota, en la que éste sólo decía: "He tenido que irme. Sigan adelante y no se preocupen. Avisen, si me hacen el favor, al de la fragua, y díganle lo mismo. Puede que regrese pronto. Les deseo a todos unas felices fiestas. Mc."
Efectivamente, se había ido.
Isabel, la hija de Esperanza, la nueva panadera, que sonreía a Mc cada vez que se encontraba con él, no pudo evitar que unas lágrimas empañaran sus ojos.
Y, aunque trató de ocultarlo, el hecho no se le escapó a su madre.
 ¿Se habría hecho ilusiones, aquella chica que ya había cumplido los veinticinco, sobre el hombre maduro que apareció en el pueblo, después de tantos años...?
Esperanza, suspiró, recogió las llaves y la nota, y entró en el obrador de la panadería, seguida de su hija.
¡Aquella chica...!
Sí, la había criado como mejor pudo y supo, pero no logró mucho más.
 Incluso la envió a la cercana capital para que estudiara Magisterio, que abandonó antes de concluir su tercero y último año.
Isabel, fue dando traspiés por la vida, pero no a causa de ningún hombre, sino de una extraña actitud ante la existencia, mezcla de apatía y desinterés...
Todavía no se explicaba cómo terminó el Bachiller, sin repetir ningún curso...
Y allí la tenía, ayudándola en todo lo que estaba su alcance...
Por lo menos, sabía llevar las cuentas...
No en vano, había trabajado en un comercio de ropa de la capital.., hasta que, una tarde, sin más, apareció en el pueblo, y, sin decir palabra, se sentó frente a su madre, en la limpia y recogida cocina...
Esperanza, la contempló en silencio.
 Al cabo de un rato, se levantó y se dispuso a preparar la cena para las dos.
Por una parte, la pena de ver que Isabel no echaba raíces en ningún sitio..., salvo en el pueblo.
Por otra, la íntima alegría de tenerla cerca otra vez, de abandonar su vida solitaria, poder hablar con ella, y cuidarla...
No, no estaba enferma...
 "Es guapa...", se decía... Pero jamás había "sacado partido" de aquella cualidad.
 No le atraían los hombres, al menos para un compromiso serio.
"Para vestir santos..." "Se quedará para vestir santor..."
Mientras, Mc, rodaba despacio, de regreso...
Cansado de su propia lentitud, se detuvo en una estación de servicio, llenó el depósito y se refugió en la cafetería, mientras contemplaba con desesperación aquella masa de niebla que se había pegado a la llanura, como si formara parte de la misma.
No soplaba ni el más ligero viento que fuera capaz de disiparla, de llevársela a otro sitio...
 Cuando estaba a punto de cumplir los diez años, la niebla acudió por primera vez.
Fueron días larguisimos...
 Acostumbrado a merodear por los campos, tuvo que resignarse a permanecer en su casa. Todo lo más, solía entrar en la fragua o en el horno...
Y esperar...
Deseaba salir de allí..., irse lejos, donde brillara el sol, donde ese fantasma algodonoso no pudiera atraparlo...
En su impotencia, se parapetaba tras un libro, y se encerraba así en un mutismo feroz...
Fingía tener sueño antes de la hora acostumbrada, para meterse en la cama.
Tras el beso de buenas noches de sus padres, se hacía el dormido, hasta que apagaban la luz y cerraban la puerta...
Luego, con los ojos abiertos, sin conseguir conciliar el sueño, escuchaba el paso de las horas, que sonaban en el reloj de la torre de la iglesia...
También evocó aquellos días, en pleno Atlántico, a bordo del portahelicópteros, que fue su segunda casa...
Un banco de niebla, terrible, que dificultaba la navegación, y que no eximía de riesgos, a pesar de los dispositivos de detección, estuvo a punto de hacerle perder los nervios...
La única salida, y bien lo sabía, era lanzarse al agua y desaparecer en las profundidades, en busca del olvido...
Quizás lo salvó la rutinaria vida, regida por toques de campana y avisos a través de altavoces...
¡Ah, el "Ïcaro"...!
¡Cuánto le agradaba contemplar la cambiante superficie del océano, bañada por el sol, o dulcemente plateada en las noches de luna...!
Su galón de cabo primero, ganado a pulso, le permitía cierta libertad de movimientos, que solía dedicar a su recién descubierta pasión: La fotografía.
Aceptó la disciplina de buena gana, desde el principio, y siempre se mostró respetuoso y servicial con sus superiores, hasta alcanzar ese grado de "chico de confianza", tan deseado por toda la marinería, y al que sólo llegan unos pocos...
Sus nervios estaban a punto de quebrarse, cuando oyó un griterío en todo el barco: ¡La niebla se estaba levantando...!
El sol del mediodía, comenzaba a asomar tímidamente...
Por fin, brilló en todo su esplendor.
Lo mismo esta sucediendo en toda la llanura...
Esta vez, rodó alegremente, y sintió que su congoja se había evaporado...











(Archivo: cuevadelcoco).

martes, 3 de diciembre de 2013

"EL RETORNO DE MC MAKHARRA" Capítulo 1.

Serían sobre las tres de la tarde de un día de finales de octubre, soleado y apacible...
Un motorista, sobre una magnífica "Harley", rodaba por la autovía, a la velocidad señalada, y aún menos, a veces, como si no tuviera prisa o quisiera, incluso deseara, demorarse intencionadamente.
Acaso se complacía en la contemplación de los tonos otoñales, con los que la llanura, año tras año, se revestía con su invariable belleza...
La "Harley" petardeaba que era un gozo...
No me gustan esas motos japonesas, que, serán muy potentes, y que tendrán cantidad de prestaciones, porque me parecen juguetes grandes de plástico. Prefiera una línea clásica de motos, y, entre todas, las "Harley-Davidson". Que siempre han sido objeto y centro de mis ensueños.
El motorista, llegó al desvío que conecta con la nacional, hizo el "stop" correspondiente, ya que en eso, era muy puntilloso, y se incorporó sobre la moto.
No estaba mal el firme. Parcheado recientemente.
Se detuvo al poco tiempo en un ensanche del arcén, y bajó de la máquina.
Colocó el casco sobre el asiento, y, entre indeciso y pensativo, sacó de un bolsillo delantero una cajetilla de rubio, "El tabaco mata"... Sonrió al leer la frase de advertencia.
"-Pues si mata, que mate...", murmuró entre dientes.
Lo encendió con un "Zippo" de plata, que llevaba algo grabado, y aspiró despacio, como el niño que saborea un caramelo.
El rubio y las rubias...
Se rió de su ocurrencia...
El tabaco rubio le agrada, las rubias, también.
Rememoró ciertas imágenes de una película que le había gustado. Y es que Uma Thurman resultaba un pedazo de mujer, desde cualquier ángulo que se la contemplara.
A lo lejos, las nubes comenzaban a levantarse, oscureciendo el horizonte.
Arrojó el cigarrillo al suelo, lo aplastó bien con su fuerte bota de motero, "Valverde del Camino", hasta asegurarse de que no quedaba ni la más remota posibilidad de que prendiera de nuevo, y reanudó el viaje.
Una extraña inquietud se estaba apoderando de él. Por un momento le acució el deseo de regresar, de volver a la capital y olvidarse de todo. Refugiarse en la soledad de su vivienda, a medias entre apartamento y piso, que por ser el último del edificio, contaba con una terraza de unos treinta metros, donde, en las noches de verano, y, si era posible, bien acompañado, solía trasegar más de una "Mahou", en ocasiones hasta el amanecer,  al tiempo que compartía música y sosiego con su habitual. Y si no era ésta, daba lo mismo.
Sí, regresar...
Regresar y llamar a Sara, la última "adquisición", rubia de verdad, y muy atractiva, pero sin estrépitos.
No era, preciso es decirlo, la típica "tía buena" a primera vista. Había que, y eso sí que resultaba necesario, dedicar unos instantes a su contemplación, para percatarse de su hermosura.
¡Todo le sentaba bien!
Le agradaba usar ropa  femenina, se pirraba por los trajes "sastre", y sólo con ellos llevaba pantalones.
Siempre calzada con planos o semiplanos.
Era una chica que le había calado hondo.
Demasiado hondo, quizás...
Ya estaba en el enlace con la comarcal, de mejor firme todavía, y muy bien cuidado.
Sintió que el corazón le palpìtaba rápido, con fuerza, cuando divisó el pequeño pueblo, a la vez tan lejos y tan cerca...
"-¡Joeeeer...!!!", dijo por lo bajo, "-¡Joeeeeer...!"
Se detuvo una vez más, y notó en su pecho una angustia inexplicable, que le subía de la boca del estómago.
¡Él, el duro Mc, angustiado!
El Mc de las broncas y las amanecidas en antros de diferentes calibres...
¡Que no soportaba una mala mirada de nadie!
Sobre todo si le había sacudido al "Daniels"..., del que se había hecho "socio", desde tiempo atrás.
"- Todo lo demás son aguachirris...", solía comentar.
Con todo, no era un borracho. Y jamás lo había sido.
Una cosa era comenzar de copas, seguir de copas y llegar al alba de copas..., volver con la cabeza pesada y los pies torpes, y otra, dejar de ser él mismo, embrutecerse con la bebida hasta perder la consciencia...
Además, siempre sentía algo así como una llamada de atención.
"-Ya suena la campana... Es hora de agua..."
Y así lo hacía...
Allí, allí mismo, a menos de cien metros, estaba el pueblo, su pueblo.
Y sus recuerdos. Todos. Luminosos y oscuros, amargos y dulces, como los de cualquier ser humano, cuando retorna a su punto de origen.
Con un suspiro, aceleró la "Harley", y siguió adelante, cuando el sol estaba ya tan bajo, que iba derecho a ocultarse tras una colina.







(Archivo: cuevadelcoco).