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miércoles, 19 de febrero de 2020

"EL RETORNO DE MC MAKHARRA", Cuarta parte. Capítulo cuarto.





 


"Senda de otoño".
Ilustración de Mateo Lahoz.




         Lucía el sol en los primeros días de diciembre. Fernando Mérida, avanzaba pensativo por uno de esos caminos que tanto le agradaban. Todos los sábados, desde que la Compañía instituyera "la semana inglesa", que hizo más llevadera la vida de sus operarios, nada más terminar de comer, salía de su casa en busca de soledad. La televisión no le interesaba. Sólo prestaba atención a los informativos de la noche, pendiente, sobre todo, de las predicciones meteorológicas. Y aquel día era sábado. Tomó un rumbo al azar, y pronto comenzó a sentir lo que él llamaba "estar sin nadie". Al rodear una loma, quedaba oculta la ciudad y aparecía la Montaña, luciendo algunas manchas blancas cerca de la cima. Cuántas veces había pisado su cumbre! Pero, mientras hubiera el menor indicio de nieve, se guardaba muy bien de subir.
        Esa tarde, sus pensamientos se centraban en el paso del tiempo. La Compañía no iba a permanecer indefinidamente en Leoria. Calculaba unos cinco años más, quizá seis. O acaso menos, y entonces, tendrían que trasladarse a otro lugar, comenzar a trabajar en nuevas obras, y dar principio a un ciclo diferente.
        Le molestaba la idea. Después de tanto tiempo... Vivir yendo de un sitio a otro, no, no era lo mejor para sentirse bien. Otro paisaje, otras gentes, todo distinto. Y un tiempo de adaptación, incómodo y áspero, sabiendo que también llegaría su fin. 
          Se detuvo un momento y respiró profundamente. Era su tarde. Dejó de lado las preocupaciones, convencido y seguro de que todo se resolvería a su debido tiempo, que aún estaba por venir.
          Realmente, los caminos que rodean a Leoria, tienen un encanto indefinible. En muchas ocasiones, hallaba en ellos quietud y sosiego, tan necesarios para seguir adelante en la vida. Hoy, la mayoría se mantienen igual que décadas atrás.
               Comenzaba a declinar la tarde. Fernando Mérida recordó algo... Un encargo que le había hecho su hija. Para qué necesitaba Luisa un diario...? Además, que tuviera cerradura y su correspondiente llave. Apresuró el paso, y ascendiendo por la cuesta que desembocaba al final de la calle Mayor, casi enfrente del monasterio benedictino, se preguntó dónde podría encontrar el dichoso diario. 
                  Fue mucho más fácil de lo que pensaba.  En la librería "Ansó", donde solía comprar la prensa los domingos, halló lo que deseaba. Le presentaron varios modelos. Se decidió por uno, de mediano tamaño, que le pareció consistente, duradero y elegante al mismo tiempos. Pidió que se lo envolvieran como regalo, y, satisfecho de haber resuelto el encargo de manera tan rápida, regresó a su casa. 
                  Luisa lo halló bajo la almohada. Sintió deseos de abrazar a su padre,
llenar de besos su rostro curtido por el sol y los vientos, y así lo hizo. Teresa, perpleja, necesitaba una respuesta, pero Fernando, se limitó a sonreír, con expresión entre traviesa y divertida. 
                   Qué difícil es comenzar un diario...! Se quieren escribir muchas cosas, demasiadas a veces... Luisa Mérida, consideraba que eso de "querido diario...", era lo más cursi y repelente que podía hacer una chica. No, esa noche no. Mañana mejor. Y mientras el sueño, dulcemente, la acogía invitándola a conocer remotos lugares, un rostro se destacó entre muchos otros... El de Mac...














(Archivo: cuevadelcoco.
I
                    
               
           
          


         


     

miércoles, 8 de noviembre de 2017

"EL RETORNO DE MC MAKHARRA", Cuarta parte. Capítulo primero.






"Peña Oroel."
Dibujo de Mateo Lahoz.


 Fernando Mérida, al volante de un potente y pesado camión, se dirigía a la nueva zona de voladuras, que correspondía al proyecto de mejora de la carretera del norte.
 A su lado, el "Joaqui", un asturiano que también había trabajado en las minas, y que, ahora disfrutaba del aire libre, sin sentir la opresión, el agobio y la incertidumbre, de trabajar bajo tierra.
 Se llevaron bien desde el primer día.
Algo muy importante entre quienes compartían una tarea no exenta de riesgo.
 Detrás, explosivos y obreros.
 Algunos trataban de aprovechar el trayecto, para cerrar los ojos y dejarse arrastrar por el interrumpido sueño nocturno.
 Otros, más veteranos, procuraban mantenerse despiertos, táctica acertada, pues nada más descender del vehículo, estaban en disposición de ocuparse de la labor cotidiana.
 Heterogéneo grupo, llegado desde distintos puntos del país, en busca de una oportunidad de hacerse con algo de dinero, y regresar para emprender esa iniciativa, que siempre quedaba en el aire.
¡Cochino dinero...!
El gran obstáculo de casi todas las ilusiones...
Gente ruda, en apariencia, pero, bajo su caparazón, generalmente se escondía un corazón tierno, donde la familia tenía erigido un altar.
La Compañía había acertado de pleno, con las casitas para sus operarios. Los niños podían decir al salir del colegio, o al dejar los juegos con sus amigos: ¡Me voy a mi casa!
No se producían "deserciones", motivadas por la morriña de la tierra chica, o de la familia, que quedaban tan lejos.
Pero seguía existiendo la cuestión del "arriba y abajo".
Los operarios de la Compañía, cobraban un buen sueldo. Más horas extras, más pluses de peligrosidad, más ayudas familiares, más... En fin, que vivían mejor que la mayoría de los "de arriba".
Los comerciantes, pronto se percataron de que aquellas gentes venidas de lejos, compraban buen calzado para sus hijos, buena y confortable ropa, y, en lo tocante a la alimentación, se dejaban sus buenos dineros en las tiendas. Así que se olvidaron de tonterías, y procuraban atenderlos como a muy buenos clientes.
Cuando llegaban a la edad, niños y niñas hacían sus primeras comuniones, celebrándolo después en algún pequeño restaurante, costumbre que en la ciudad no se conocía.
Y, quienes eran religiosos, acudían los domingos a su parroquia preferida, bien vestidos ellos, ellas y los chicos.
Tomaban sus aperitivos después, y jamás dieron muestras de conductas censurables. Gente sencilla, sí, pero sabían estar. Los tiempos de broncas y borracheras, pasaron a la historia.
¡Ay, el dichoso "arriba y abajo"!
Nunca terminaba de diluirse en el olvido...
Luisa Mérida, que iba a comenzar quinto de Bachiller, era ya una jovencita que llamaba la atención por su belleza, su gracia natural, y, sobre todo, su simpatía. Todos aseguraban que en dos o tres años, se habría convertido en la chica más sobresaliente que jamás pasara por allí.
Su sola presencia, borraba las ridículas diferencias establecidas por ese sector, mezcla de conservadurismo y mala uva, que existe en casi todos los lugares. Los adolescentes se prendaban de ella sin tener en cuenta nada más que la dulzura de su expresión, sus prometedoras formas, y otras prendas, obsequio de la madre naturaleza...con la ayuda de unas condiciones genéticas muy propicias.
Pero Luisa era una soñadora... No le gustaba eso de ser " de abajo"... Y soñaba con un piso, donde pudieran ir sus amigas a estudiar, a escuchar música, a comentar las
pequeñas cosas del instituto, y también para hablar de chicos... Que ya eran algo importante en su vida de adolescente...
Aunque, la verdad es que había uno..., cuyo rostro no se borraba de su memoria...
No podía pensar en nadie más, desde que el hijo del maestro se lo presentó durante los exámenes de reválida... Sus ojos, su sonrisa, su expresión simpática y agradable..., dejaron en ella una huella más profunda de lo que hubiera imaginado...
"Te presento a mi amigo Mac..." Mac..., que estaba tan lejos... En el pueblo de la llanura... "Qué estará haciendo ahora...?" "Saldrá con alguna chica de allí...?" Preguntas sin respuesta... A mediados de junio, y con la proximidad de las fiestas, Luisa se olvidó un tanto de Mac... Y comenzó a hacer campaña para que ella y su familia se trasladaran a esa soñada vivienda, aunque, de momento, sus intentos no tuvieron ningún éxito...












(Archivo: cuevadelcoco.
Ilustración: Mateo Lahoz).
















domingo, 26 de marzo de 2017

"EL RETORNO DE MC MAKHARRA", Tercera parte. Capítulo séptimo.





"Flores de almendro".
Dibujo de Mateo Lahoz.
   

     Iban pasando los dias... El inexorable y languido transcurso de monótonas jornadas, como diría algún cursi, de esos que es frecuente encontrar en los lugares más comunes e insospechados, y que, cuando hablan, parece que se escuchan... 
Mc, se había plantado en el cuarto año de bachillerato, en compañía del "maestrico", y bajo la tutela del padre de éste, por un lado, y del párroco del lugar, por otro. 
El padre de Mc, no es que dudara de la capacidad de su hijo... Lo que le sucedía al honrado y trabajador herrero, es que no le cabía en la cabeza cómo era posible estudiar y aprobar, viviendo, como vivían, en medio de la llanura, tan alejados de todo, tan olvidados de todos... La madre, mientras amasaba y horneaba, se estaba planteando cómo harían, para que el chico no se quedara en un simple primer bachiller... Su hijo, valía mucho más, muchísimo más... Si pasaba la reválida, y la pasaría, por supuesto que sí, allí ya no había nadie que pudiera transmitirle más ciencia... ¡Mc tendría que irse a estudiar fuera, lejos del pueblo...! ¡Pues se iría! De eso se encargaba ella, aunque sólo de pensarlo, sentía que se le hacían harina las entrañas... Y no hallaba el camino para que todo fuese como ella deseaba... Al menos, de momento...
Suspirando, amasaba y horneaba... Algunos cabellos, que asomaban por debajo del pañuelo con el que se cubría la cabeza mientras trabajaba, comenzaban a tornarse blancos... Pero no le preocupaban las huellas que el tiempo iba dejando en ella... ¡Mientras tuviera salud y fuerzas...!
Es difícil determinar dónde termina la infancia..., o cuándo termina... No basta el desarrollo físico para dejar de ser niños... ¡Y dichoso quien conserva la niñez en su corazón...! Pero la linea es imprecisa... Un acontecimiento, un cambio súbito en la vida, corta aún, por cierto, un descubrimiento, una luz o un relámpago interior, pueden ser algunas de las motivaciones para que, el hasta entonces niño, tome conciencia de su nueva fase, de que, el camino, llano, fácil y soleado, ya no está... Para dejar lugar a una senda distinta, más sombría, y, sin embargo, más atractiva, por sus contrastes de oscuridad y luz, de misterios y revelaciones...
El cambio, casi siempre es doloroso. Sobre todo, en los poseedores de espíritus sensibles... Siempre sufren más... Y, cuando se es consciente del abandono de una etapa, alegre y feliz, y desprovista de retroceso, el pensamiento se contrae, se enquista, se niega a seguir adelante... Hasta que un día, una voz, unos ojos, una cabellera que se ondula como los trigales acariciados por el viento de mayo, despejan el horizonte, la luz se hace de nuevo. Pero es una luz que exige constancia, que genera inquietud, que conlleva inseguridad, y más de una decepción... Ya no se puede hablar de una única luz, ni de una sola sombra...
Comienza el aprendizaje, y con él, la transcendente tarea de elegir el camino, que se bifurca y trifurca..., el laberíntico recorrido de toda vida humana...
Y allí, se hallaba Mc... Ávido de soledad, para distinguir los espejismos de las formas solidas... Caminaba entre los campos, en busca de sí mismo...  En ese período preprimaveral, llegó, cierta mañana de domingo, hasta un campo de almendros, en plena efervescencia floral, efímera y maravillosa espuma, gloriosa ebullición de miles y miles de pétalos, ante la que no se puede pasar con indiferencia. Bajo un sol agradable y acariciante, aspirando el tenue perfume de aquellas tiernas y delicadas flores, que, para el estío, serian ya rotundos frutos, Mc, tuvo su íntima e ineludible revelación.
La pequeña "casa", en la que su pensamiento habitara hasta ese instante, ya no le servía... Ahora, debía construir él solo, un amplio edificio, acorde con las exigencias de su nuevo estado, de su renovado ser... ¡Pobre adolescente...! La vida se le venía encima de golpe, justo ahora... ¡Quién le iba a decir, que llegó como niño, y que regresaría como proyecto de hombre...!
Su madre, intuitiva y perspicaz, inmediatamente se percató del cambio. ¡La rápida, y secretamente temida evolución, ya estaba deteniendo su tren durante unos instantes, los justos para que su hijo subiera a él, y se alejara, lentamente al principio, luego, más veloz, hasta desaparecer en la lejanía...
Mc, pasó todo el curso en los exámenes de junio. Y también la reválida. Su compañero, el "maestrico", logró otro tanto...
Durante la prueba, el amigo y compañero de latines y ecuaciones, le presentó a una jovencita muy atractiva y simpática, que, con ellos y muchos más, concurría a la prueba oficial.
-Mc, te presento a Luisa Mérida, una amiga de Jaca...











(Archivo: cuevadelcoco.
Imagen: Dibujo de Mateo Lahoz).