lunes, 25 de septiembre de 2017

Lecturas y relecturas:: "Los tres mosqueteros", de Alejandro Dumas.


"Los tres mosqueteros". 
Alejandro Dumas.
Editorial S. Calleja.
"Colección Madrid".


     Cierto tiempo atrás, cuando era una persona más sociable de lo que soy ahora, viajaba en un tren con destino a Levante. Era una mañana de principios de enero, y todos los viajeros, bien arrebujados en confortables abrigos, las manos, protegidas por gruesos guantes de cuero, con su forro de fieltro o de piel de conejo, tratábamos de paliar el insuficiente sistema calefactor, que apenas elevaba tres o cuatro grados la temperatura del vagón.
 En un bolsillo del abrigo, llevaba yo un ejemplar de " Los tres mosqueteros", de Alejandro Dumas, en una edición, no antigua, pero sí con cierta solera.
No podía leer, muy a mi pesar, por dos razones: La RENFE, dicho sea de paso, no invertía ni un duro en todo lo que redundase en la comodidad de los viajeros. Así que con la deficiente iluminación, mis sanas intenciones de rememorar algunos fragmentos de la vida aventurera del buen D'Artagnan, se vieron fallidas. En el exterior, una débil luz, allá a lo lejos, preludiaba el comienzo del día. Ésta era la segunda razón.
Cerré los ojos, y me acomodé como buenamente pude, buscando refugio en un rato de sueño. Pero, como si se tratara de una película, aparecieron en mi mente las imágenes del joven aspirante a mosquetero...
Su partida de la casona familiar, en un caballo de edad indefinida, que fue la causa del primer mal encuentro, desafortunado y desigual. Tampoco entró con buen pié en el palacio de M. de Treville, que le supuso batirse con el aristocrático Athos, el gigantesco y presumido Phortos, y el espiritual Aramis.
El tren hizo una parada, y su brusquedad me sacó de mis ensoñaciones...
La luz del vagón seguía igual de mortecina. Fuera, ya había luz suficiente para leer.
Saqué a los cuatro héroes del bolsillo, abrí el libro, y, entonces, el viajero que se sentaba frente a mí, me preguntó: - ¿De verdad se va a leer usted eso...?
Yo, un tanto estupefacto, lo contemplé un momento, creyendo que hablaba en broma, pero no, su expresión era muy seria, y poco favorable a mis deseos de evadirme de mi época, para entrar en una peor, aunque más apasionante. - Pues sí... Si usted no tiene inconveniente..., respondí.
- ¡Ay, los libros, dijo, muy convencido, que no sirven para nada...! Desde los doce o catorce años, no he abierto uno, y, ya ve...aquí estoy...tan fresco...
"Y tan vacío...", iba a replicarle, pero me contuve... - Algo leerá usted...los periódicos, por ejemplo...
- ¡Qué va! Primero con la radio, y ahora, con la televisión, me entero muy bien de lo que pasa en el mundo... Y usted, ¿por qué lee..., si no es indiscreción...?
Le hubiera soltado un contundente argumento a favor de la lectura, mas no tenía ninguna gana... Así que opté por otra estrategia.
- Verá... Es que padezco de insomnio, y mi médico me aconsejó en su día que leyera, para atraer el sueño...
 - ¡Oh, discúlpeme! ¡Creí que lo hacía por afición...! ¡El insomnio! ¡Mala cosa es esa...! Y...¿le funciona...?
- Casi siempre... Pero en los viajes, y en las habitaciones de hotel, me cuesta más...
- ¿Toma alguna cosa...?
- Mi médico me hizo unas pruebas, y resulta que soy hipersensible a los componentes de muchos medicamentos para dormir...
- ¿Ha probado con...?, y me soltó una retahíla de fármacos.
- Ya le digo... Intolerancia a casi todos... Lo único que me funciona es la lectura... A veces, a la tercera página, ya estoy como un tronco... ¡Y sin efectos secundarios...!
- ¿Y si yo probara...? Alguna que otra noche, no logro conciliar el sueño...
- ¡Pues va en aumento con los años...! ¡Pruebe, pruebe a leer...!
El tren se iba acercando a una estación, y, entre sacudidas, chirridos de las enormes ruedas metálicas y demás indicios de que estaba frenando, por fin, se detuvo. El viajero que no leía, provisto de su reducido equipaje, se apresuró a apearse, no sin decirme antes: - ¡Ojalá me sirva su consejo! ¡Que tenga buen viaje!
Salió precipitadamente del compartimiento. Desde el andén, me envió un saludo , y se perdió entre los viajeros, camino del vestíbulo.
Aún me quedaban un par de horas antes de llegar a mi destino. Y las ocupé en releer algunos fragmentos de la novela de Dumas.
¿Qué fue del aquel viajero...?
¿Llegó a tomar un libro, después de tantos años...?
Y...¿por una casualidad, descubrió el deleite de la lectura...?
¡Nunca he llegado a saberlo...!











(Archivo: cuevadelcoco).






No hay comentarios: