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jueves, 1 de diciembre de 2016

"UN DÍA DE DICIEMBRE". (3).


Estación del Norte, o del Rabal.
Dibujo de Mateo Lahoz.

Entre los viajantes de comercio, en principio, no suelen existir categorías. Se respeta a los más veteranos, que representan, a fuerza de constancia y trabajo, a las casas comerciales con mayor poder económico, y que, constituyen una especie de premio, cuando ya están cerca de abandonar la profesión.
Sí hay dos tendencias. Los que han interiorizado esa forma de vivir, ese nomadismo sobre ruedas de hierro y acero, y que, no pueden abandonar, porque, para ellos, todo cuanto hacen, es su única razón para permanecer vivos. Y para sentirse vivos… Morir con las botas puestas… En acto de servicio…
Bastantes, tienen familia, a la que apenas ven. De vez en cuando, se dejan caer por su casa, donde son atendidos, mimados y amados por sus mujeres. Contemplan a sus hijos en silencio, y meditan sobre el paso de los años. Los hijos crecen. Cambian. Y, a fuerza de ausencias, se convierten en extraños para ellos, y viceversa. Tratan de hablarles, pero las conversaciones se diluyen pronto en el silencio… Poco hay que decir… Aman a sus esposas en esas breves noches, ardientemente, saciando su apetito de hembra, una y otra vez… Es, entonces, cuando sienten la congoja de la partida… Ellas, lloran en silencio, cuando se quedan solas nuevamente… Porque, sí, viven bien, no les falta nada, excepto la presencia masculina, y son conscientes del paso de los años. Se preguntan si algún día, él, el todopoderoso varón, que siempre tiene obsequios para ellas, adquiridos aquí y allá, y que se muestra amable y cariñoso, dejará de mirarlas con deseo.
Los hijos, se ilusionan con los regalos del padre viajero. Pero también llegará un día, en que preferirán contemplarse en los ojos de una chica, saborear los primeros besos, vivir el amor, renacido una vez más… Acaso las hijas, fueran las más reacias a la idea de alejarse del hogar de sus padres… Contemplan al “homo viator” con admiración. Agradecen sus detalles, que conservan con cariño, y, lloran alguna vez, pues, sin él, se sienten inseguras. Cosas de la vida…
Y, en el otro lado, los que, cansados del incesante vagabundeo, aspiran a la quietud…. A una  casita donde hallar un poco paz…, con un jardín que cuidar, y un rincón del mismo donde cultivar…¡bueno…!, habría tiempo para todo. Sin embargo, hubo quienes, tras esos buenos propósitos, que retornan a su antigua vida, y se mantienen fieles a ella, hasta el día en que las fuerzas los abandonan.
El viajero, camino de Zaragoza, consideraba todo aquello. ¿En qué lugar se encontraba él…?
Aún no lo sabía.
El tren avanzaba, y, arrebujado en su gabán, contempló aquella llanura, que tantas veces recorriera en su labor de representación. Divisó, a lo lejos, la silueta de algunas torres, que anunciaban la proximidad de la capital aragonesa.
Tras informarse de los horarios en dirección Norte, dejó su maleta en consigna, y, como necesitaba una buena comida reparadora, y que le diera energías para soportar el último trayecto, se dirigió a una fonda, donde ya había recalado en más de una ocasión.
Comió sin prisa, deleitándose en los sabrosos platos, bien condimentados, y en el arroz con leche, como postre, que le supo a gloria.
Cuando, de regreso a la estación, cruzaba el Puente de Piedra, volvió a sentir ese malestar interior, esa amarga sensación, que ya tuvo por la mañana, de que, semejante a una premonición, le advertía de un inevitable fracaso.
Y, tras recuperar su maleta de la consigna, subió al tren, que esperaba la hora de la partida, en una de las vías laterales.
A través de la ventanilla, el viajero, observó que las sombras se habían adueñado de la llanura. Sólo en las paradas, se atisbaban las luces amarillentas de las estaciones.
Largo se le hizo el viaje. ¡Demasiado largo…!
Y, cuando llegó a su término, y descendió al andén, un viento gélido azotó su rostro. El llamado “coche de la estación”, renqueante y lento vehículo, esperaba en la plazoleta, junto a la salida de viajeros.
Nadie había salido a recibirlo. Con cierta extrañeza, y bastante decepción, se apresuró a librarse de aquellas rachas heladas, en el no muy cómodo refugio del interior del  destartalado y sufrido autobús.
Se apeó en la calle Mayor, junto al hotel “La Quieté”, como hiciera otras veces. No, no quedaban habitaciones libres… El dueño y director del hotel, que esa noche oficiaba también de recepcionista, era un buen hombre. Una ojeada le bastó, para darse cuenta, de que aquel transeúnte, estaba cansado, aterido y hambriento. Tras indicarle que dejara su equipaje tras el mostrador de la recepción, le hizo una seña para que lo siguiera, y lo condujo al “office”, donde le rogó que se acomodara, y esperara unos minutos.
Apareció una camarera, con cara de sueño, que, forzando la sonrisa, le sirvió una cena, a base de una buena taza de consomé, medio pollo asado, y un pedazo de tarta de peras de invierno. Además de una botella de vino, que, según le comentó la moza, era “de la casa”.
Se recompuso el viajero, pero su preocupación por entregar el mensaje, lo mantenía en vilo.
El dueño de “La Quieté”, asomó deshaciéndose en disculpas… Que el hotel, por circunstancias que omitió, estaba al completo, que lo sentía mucho, pero que, aseguró, “…no dormirá usted al raso, no faltaría más…!”.
Y se vio acomodado, no lejos de allí, en una casa de la calle del Lobo,  cuyos dos pisos, en la primera planta, tenía alquilados el hotelero, para servir de habitaciones, en circunstancias  semejantes.
Así, roto de cansancio, el viajero se acostó inmediatamente, nada más quedarse solo, y, bien arrebujado entre mantas, se quedó dormido.
Durante la noche, y, al acercarse la madrugada, creyó escuchar, mezclados con los sueños, el continuo transitar de ruidosos vehículos, voces ásperas, pasos precipitados…, pero, el frío y la imperiosa necesidad de dormir, impidieron que saliera de su cálido refugio, para enterarse de lo que estaba sucediendo…

(Continuará…)













(Archivo: cuevadelcoco.
Imagen: Mateo Lahoz).

viernes, 18 de noviembre de 2016

"UN DÍA DE DICIEMBRE". (2).




"Iglesia de N. Sra. del Carmen."
Dibujo de Mateo Lahoz.



La mañana del 11 de diciembre, Paquito Quílez, había cumplido con su obligación de acólito, en la Iglesia del Carmen. Ya en la sacristía, mientras plegaba los ornamentos, lavaba las vinajeras y colocaba todo ello en sus respectivos cajones y armarios, con cierta reverencia, sin apresuramientos, tal como le enseñaron los Padres Capuchinos, desde que, un par de años atrás, y pasado  un período de preparación, vistiera los ropajes de monaguillo, oyó los pasos apresurados del Padre Amadeo de Olite, al tiempo que lo llamaba, con voz no exenta de inquietud.
- ¡Paquito, Paquito, vete a casa corriendo! ¡Y no salgas en todo el día! ¡Mañana no vengas! ¡Y quieto en casa también!
- Pero…Padre…
- ¡No hay pero que valga! ¡Y que tus hermanos hagan lo mismo!
- ¿No puedo ayudar a Misa mañana…?
- ¡Mañana, todo el mundo en casa!
- ¡Padre, que me está asustando…! ¿Qué va a suceder…?
- ¡Tú, te marchas, y vuelves cuando yo te lo diga!
¡Y ya está bien! 
Paquito Quílez, besó el cordón del capuchino, como era de rigor, y se fue corriendo hacia su casa.
El Padre Amadeo, cerró la puerta de la sacristía, y, cabizbajo, se sentó en el interior de un confesionario, donde permaneció una media hora, cubriéndose el rostro con las manos.
De vez en cuando, murmuraba, como una plegaria: 
“¡Que no haya sangre, que no haya muertes, que haya paz en las calles…!” Y así, una y otra vez…
Cuando salió del confesionario, se quedó unos instantes contemplando la iglesia, los altares, los bancos, los cuadros y retablos, el techo, las columnas, la luz permanentemente encendida, junto al sagrario…, como si fuese la primera vez que su mirada se posara en todo ello…, o la última…
Mientras caminaba por la calle, saludando, sin detenerse, a cuantos conocidos se cruzaban con él, sintió, de repente, el frío de la mañana. Sólo restaban unos días para la llegada del invierno, era normal esa baja temperatura, teniendo en cuenta que la pequeña ciudad se hallaba a ochocientos cincuenta metros sobre el nivel del mar. Los inviernos, siempre crudos y ásperos, de nevadas abundantes, se prolongaban, a veces, hasta bien entrada la primavera. Aunque él, venido de un lugar de Navarra, donde también el clima se mostraba riguroso, no encontró, desde el principio, demasiadas diferencias. 
Se detuvo ante un portal, de aspecto elegante, aunque sobrio. La casa de los Fuenclara, que, además de ese edificio, poseía otros dos mas, y una serie de locales, alquilados a diversos comerciantes, era, para el Padre Amadeo, tan familiar como el convento. 
La puerta, de hierro forjado y gruesos cristales, siempre mantenía una hoja abierta, que sólo se cerraba, puntualmente,  cuando el reloj de la torre comenzaba a sonar, primero los cuartos, y luego, diez campanadas, lentas, pausadas rotundas…
Los Fuenclara, también contaban con dos extensas fincas, no muy distantes entre sí, y que les proporcionaban muy generosos beneficios.
El buen Capuchino, subió las escaleras, hasta llegar al segundo piso, que habitaban dos mujeres solitarias, enlutadas, y de gesto, entre adusto y despectivo, salvo con él, a quien consideraban un hombre de Dios, en el más amplio sentido de la palabra…
“ -¿Le apetece, Padre, un vasito de moscatel, y unas pastas…?”, preguntó la mayor de ellas. La siguiente en edad era su hermana, soltera por propia voluntad, y que veía a cualquier hombre, que no perteneciera a la Iglesia, como un saco de vicios y depravación. Fue ella, quien, tras ausentarse unos instantes, volvió, con una bandeja de plata, recubierta por un paño primorosamente bordado, y la depositó con cuidado y elegancia, en una mesita, junto al sacerdote. Después, llenó una copa de delicado cristal, en sus dos terceras partes, con un vino de color de miel oscura, y exquisita fragancia. En un platito aparte, las pastas, hechas en casa. Y una diminuta servilleta, plegada y planchada, completaba el contenido de la bandeja. 
“- ¡Vamos, Padre, dijo la mayor, que seguro que usted no ha probado bocado desde anoche! ¡Si no lo conociera…!”
Realmente, era así… El Padre Amadeo, cuya delgadez y alta estatura, lo convertían en la imagen de uno de los tantos ascetas de los altares, hizo honor a la invitación. Alabó, una vez más, la gran calidad del vino, y el muy elogiable sabor de aquellas delicias culinarias, y, sujetando la copa por el tallo con la mano derecha, se pasó la servilleta por los labios, y, empujado por la impaciencia, preguntó: “- ¿Se sabe algo más…?” “- Nada… Salvo que será mañana… Y de madrugada…”, respondió la hermana menor, al tiempo que se enjugaba una lágrima, con cierto disimulo, como si se avergonzase de su debilidad. 
En el desván, dos “Máuser”, engrasados y cargados, además de varios revólveres del Ejercito, que pertenecieron al difunto padre de ambas, esperaban el momento de ser utilizados, ocultos en un arcón, bajo unas gruesas mantas.
“- …lo sabía…lo he soñado tantas veces…porque mis sueños…ya saben que se hacen realidad… No sé si es un don de Dios…o es…”, 
“ - …es un don de Dios, afirmo la hermana mayor, …no lo dude usted…”
“ – A veces, quisiera no tenerlo… He visto mucha sangre en mis sueños… Todo va a cambiar…, y luego…, la destrucción y la muerte, llenarán de dolor este país…”
Los tres, permanecieron en silencio… El Padre Amadeo, consultó su reloj de bolsillo, que llevaba siempre entre los hábitos, y, levantándose, se dispuso a regresar al convento… Contempló con tristeza a las dos enlutadas, y, antes de salir, trazó una cruz en el aire sobre ellas, a modo de despedida.
En la pequeña ciudad, se había hecho el silencio.
El viento, cortante y helador, arrastraba consigo diminutos copos de nieve…

(Continuará…).












(Archivo: cuevadelcoco.
Ilustración: Mateo Lahoz).