Aquella viejecita...
Todas las mañanas, cuando nosotros,
escolares de bata a rayas y cuello azul,
íbamos a la cotidiana Misa diaria del colegio,
ella ya estaba allí...
En su reclinatorio...
Ajena a todo cuanto sucedía
a su alrededor...
Incluso en la Misa de los domingos...
Rezaba..., meditaba...?
Tenía familia...?
Tuvo familia alguna vez...?
Nunca supe nada sobre ella...
Llegaban y pasaban las vacaciones...
Navidad, Semana Santa, verano...
Alguna vez, la recordaba,
y pensaba un momento en ella..
Regresaba, llevando en mis ojos
el resplandor del verano,
y seguía allí...
Un sábado, ya en el instituto,
entré en la iglesia del colegio...
Más encogida, más menuda,
continuaba desgranando sus oraciones...
Nunca me encontré con ella en las calles familiares
de la que fuera mi ciudad...
Siempre fue una incógnita,
siempre un misterio...
Pero su presencia me transmitía paz, mucha paz...
Y, cuando la vorágine de la vida me absorbió,
cuando ya era eso que llaman un adulto,
y tuve que irme lejos, muy a mi pesar,
dolido de recuerdos, de calles familiares,
de caminos donde vagar en silencio...,
recordaba a la viejecita...
Seguramente, habría cruzado a la otra orilla...,
seguramente...
Pero su amable recuerdo
me llenaba otra vez de paz y de sosiego...
(Archivo: cuevadelcoco.
Ilustración: Mateo Lahoz.)






